sábado, 2 de diciembre de 2006

ANECDOTAS PARA LA PREDICACION...www.parabolas.org

ANÉCDOTAS Y TESTIMONIOS

RECOGIDAS Y REDACTADAS POR Fr. Eusebio Gómez Navarro, OCD



Presento unas cuantas anécdotas y testimonios seleccionados de mi libro con el
mismo título.
INTRODUCCIÓN

La Asociación Colombiana de Libro Infantil publicaba, hace años, algunos de los derechos de los niños a escuchar cuentos. Todo niño, decía, tiene derecho a escuchar los más hermosos cuentos, especialmente aquellos que estimulen su imaginación y su capacidad crítica, a exigir a sus padres o adultos le cuenten cuentos a cualquier hora del día, a inventar y contar sus propios cuentos, así como a modificar los ya existentes, creando su propia versión.

Todo niño goza a plenitud del derecho de conocer las fábulas, los mitos y leyendas de la tradición oral de su país. Todo niño tiene absoluto derecho de conocer las mejores anécdotas y testimonios, digo yo.

Y, en esta sociedad de consumo, ¿para qué sirve una anécdota? La misión de la anécdota no es tanto la de instruir como la de despertarnos a la realidad, poner luz, esperanza y amor a todo lo que tocamos y soñamos. Ella nos sirve para salpicar nuestras charlas de sal, para iniciar o terminar un discurso, para profundizar más en lo expuesto, para digerir mejor la esencia y sustancia de las cosas, para darnos estímulos de superación y de confianza en las dificultades, para infundir ánimo y alas en el alma.

“A nadie le ha de faltar una estrellita prendida” –cantaba Atahualpa Yupanqui. Y todos necesitamos esa luz que prenda nuestros corazones en momentos en que el frío de la noche hiela, paraliza y congela los mejores deseos. El testimonio es esa estrellita que se cuela por las rendijas del alma y hace posible el milagro de cambiarnos sin darnos cuenta y de transformarnos sin esfuerzo de nuestra parte. Tienen de particular algunos relatos que se introducen dentro de la cabeza y del corazón y, como un gusano, acaban con todo el mal que estaba almacenado y empolvado con el correr de los tiempos. Podemos aplicar a la anécdota lo que Diderot dice de la sentencia: “La máxima es un clavo que se hunde en el espíritu e ilumina la vida del genero humano”.

“Entre todos los placeres, el más noble y agradable es la lectura” –decía Cicerón. Igual nos pasa con las anécdotas. Con ella los años se nos hacen días y las horas segundos. Ellas nos pueden ayudar a liberarnos de toda clase de condicionamientos y a tener un corazón audaz, a adentrarnos en el Dios del amor y en su plan divino.

Mas, las anécdotas no sólo nos sirven para recrearnos o para mantener vivo el interés de los oyentes, sino que ellas nos sorprenden y cuestionan nuestras vidas.

Cualquier testimonio cuestiona, interpela, mete al lector en la acción y “si no se da una respuesta, quedará como una obra incompleta” (La Fontaine). Estos testigos son gente de carne, hueso y corazón, con un gran mensaje de luz y de amor, con un ideal al que dedicaron todos los recursos, tiempo y energías: toda la vida.

Bajo el título de “Anécdotas y testimonios” están recogidos algunos hechos de vida. Algunas de las anécdotas están en forma de cuento; otras en parábolas. Muchas de ellas pertenecen a la historia, a los grandes héroes, a los santos; otras, son de personas anónimas, gente del pueblo. Todas ellas pertenecen a la humanidad toda, pues son herencia espiritual de todos los tiempos. La labor de los autores es agruparlas, seleccionarlas, darles nueva forma, pues “nadie es capaz de escribir un libro sin tener en cuenta las aportaciones de los otros” (Pascal). “Un libro totalmente nuevo y original será aquel que nos haga amar viejas verdades” (Vauneuargues).

Estas anécdotas fueron recogidas de conversaciones, charlas, libros… Posiblemente abunden más las anécdotas que los testimonios, aunque podremos afirmar que muchas de ellas son testimonios.

Estos relatos aparecen desnudos, cortos, pero sustanciosos, sin ningún comentario. “Lo corto, si es bueno, es dos veces bueno” –solemos decir. Creo que la mejor explicación es la que cada uno pueda dar y sentir en su corazón.

Las he dividido en cinco capítulos o apartados: Amor, condición humana, la fuerza del Espíritu, Dios y su obra, caminar por la vida. Algunas de las anécdotas podrían ir en cualquiera de los cinco capítulos. Cada uno cuenta con una pequeña introducción.

El criterio de selección no ha sido otro que el de despertar a la solidaridad, libertad, fe, amor y esperanza. Posiblemente estas anécdotas y testimonios puedan ayudar a los lectores a optar por el amor, a conocer la condición humana y el plan de Dios, a descubrir la fuerza interior que hay en cada persona y a caminar por la vida.

“Todo hombre tiene dos
batallas que pelear:
en sueños lucha con Dios;
y despierto, con el mar”, cantaba Machado.
Todos tenemos el conflicto de la elección entre la vida y la muerte. Debemos optar por la vida para transcurrir por el mundo con amor, sin miedos ni rencores, conscientes de que somos hijos del Padre que desea lo mejor para cada uno de nosotros: que vivamos como hermanos y nos amemos de verdad.

“Amad a los animales, amad a las plantas, amadlo todo. Si amáis cada cosa, comprenderéis el misterio de Dios en las cosas” ( Dostoyewski). Amar y vivir. Vivir con amor y para el amor; alejar el odio y el rencor de cada corazón. Amar y vivir como los protagonistas de estos pequeños relatos, preñados de luz, fuerza y esperanza.



90. Dar la muerte con gusto

Santo Tomás Moro era llevado hacia el cadalso, y al salir a la calle dice al guardián:

–– “Tráigame la capa porque hace frío”.

–– “¡Pero cómo, si os van a matar ya!”.

–– “Sí, es que yo doy la vida con gusto, pero lo que es una gripe si no me quiero pescar”.



91. El valor de un saludo

T. Roosevelt tenía una predilección especial con la gente. Cada día saludaba uno por uno a todos los sirvientes de la Casa Blanca. Un día, después de una de estas manifestaciones de interés por sus servidores, uno de ellos exclamó: “Este es el día más feliz que he vivido, y ninguno de nosotros cambiaría este detalle por un billete de cien dólares”.



92. Examinar los promedios

Cuando a John Rockefeller, gobernador de Nueva York, empezaban sus enemigos políticos a anunciarle malos resultados para el futuro, a causa de su modo de gobernar, respondía: “Examinemos los promedios de lo que ha sucedido hasta ahora”.



93. No llores por la leche derramada

El rey Jorge V de Inglaterra tenía en su despacho el siguiente letrero: “No llores por la leche derramada, que con llorar no ganas nada”.



94. Tres nueces para dos

Abraham Lincoln iba caminando a lo largo de una calle, en Springfield, con dos de sus hijos jóvenes, ambos llorando.

–– “Señor Lincoln –preguntóle un transeúnte–, ¿qué les pasa a los muchachos?”.

–– “Lo mismo que pasa con el resto del mundo –replicó Lincoln–. Que tengo tres nueces, pero cada uno quiere dos”.



95. Mató a su doble

Un policía, cubriendo su ronda una noche, se paró ante la puerta de servicio de un club. Para su sorpresa, la puerta se abrió y, sin darse cuenta, se quedó de pie, frente al espejo.

Al ver a otro hombre en el espejo, sin saber que era él mismo, le disparó y, ambos, figura y espejo, cayeron al suelo.

El policía quedó todo ufano de su gran puntería.



96. No es lo mismo mañana que hoy

Poco después de la guerra, una gran hambre había azotado Bengala. Mohan y su mujer estaban muy pobres; su arroz apenas les alcanzaba.

Un día vino un vecino a pedirles ayuda. La esposa de Mohan dijo:

–– “Si le damos algo, moriremos de hambre; si no damos, probablemente moriremos mañana”.

Mohan le replicó:

–– “Pero él morirá hoy”.



97. Cuanto más lejos, mejor

Tres choferes de autobús solicitaron trabajo en las colinas de Kumaon. Después de ver sus referencias, se les hizo esta pregunta a cada uno:

“¿Con qué seguridad podría Ud. guiar un camión en una curva cerrada sobre un precipicio hondo?”.

Los dos primeros respondieron que usarían sus conocimientos para acercarse lo más posible a la orilla.

El tercer hombre contestó de este modo: “No sé que tan cerca de la orilla pueda llegar –dijo con vacilación–, pero me mantendría tan lejos de ella como pudiera”.




PARÁBOLAS

He seleccionado unas parábolas, anécdotas y testimonios, publicados en mis libros, los cuales pongo en este apartado. Son cortas todas ellas. Una vez más he seguido el consejo de Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo”.
Este género de las parábolas y lo anecdótico es muy usado por algunas culturas. Los orientales no razonan bajo conceptos, sino que narran una historia, una parábola; y la conclusión es clara. Así hablaron Confucio, Buda, Gandy y Jesús.



17. Dios y Teresa

Con buen humor, y no menos sentido sobrenatural, solía repetir Santa Teresa: “Teresa sola no puede nada; Teresa y un maravedí (moneda antigua), menos que nada; Teresa, un maravedí y Dios, lo pueden todo”.



18. Sé tu mismo

Según una antigua parábola japonesa, había un picapedrero llamado Hashmu, que era pobre y deseaba ser rey. Sus deseos se le cumplieron y llegó a rey de su país.

Y de rey, al conocer los sinsabores, deseó ser sol, roca; y, después de conseguirlo, también conoció todo tipo de dificultades, y no alcanzaba la felicidad. Hasta que un día oyó una voz que le decía: ¿sé tu mismo!

Así, pues, volvió a tomar sus herramientas e iniciar su trabajo de picapedrero.



19. Sólo a Dios honor

Manuel de Falla murió en Argentina y fue enterrado en Granada.

En la lápida hay, por voluntad del ilustre músico, una inscripción, que es esta simple frase: “Sólo a Dios el honor y la gloria”.



20. Muerte ejemplar

Fernando III, el Santo, tuvo una muerte ejemplar, según el relato de Juan de Mariana. Le administró la comunión el Arzobispo de Sevilla.

“Al entrar el Sacramento por la sala se dejó caer en la cama, y puestos los hinojos (las rodillas) en tierra, con un dogal al cuello y la cruz delante, como reo pecador pidió perdón de sus pecados con palabras de gran humildad; ya que quería rendir el alma, demandó perdón a cuantos allí estaban: espectáculo para quebrar los corazones, y con que todos se resolvieron en lágrimas.

Tomó la candela con ambas manos y, puestos los ojos en el cielo, dijo: ´El reino, Señor, que me diste, te lo devuelvo; desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo me ofrezco a la tierra; recibe, Señor mío, mi alma; y por los méritos de tu santísima pasión, ten por bien colocarla entre tus siervos”.



21. La existencia de Dios

Paseaba un día el gran sabio Newton con uno de sus amigos, cuando éste le pidió una prueba de la existencia de Dios. Newton levantó inmediatamente las manos al cielo, y exclamó: “¡Mírala!”.



22. La cruz a la medida

Hay muchas anécdotas y parábolas sobre la cruz. Esta es una de tantas.

–– “Señor –decía un cristiano–, yo sé que cargar una cruz es parte de la vida de un cristiano, pero la que yo tengo es demasiado pesada. Si yo pudiera escoger la mía, estoy seguro que escogería una más aparente que la que llevo en la actualidad”.

Finalmente, el hombre escogió una, la puso sobre sus hombros, y dio unos cuantos pasos.

–– “Señor –le dijo–, esta es la cruz aparente para mí. ¿Ves?, no es muy pesada, tiene el tamaño apropiado, ha sido convenientemente preparada y no tiene nudos que me lastimen los hombros. Me gustaría tener esta cruz porque siento que es la más apropiada para mí”.

El Señor sonrió, y le respondió:

–– “Me alegro que hayas encontrado una que te satisfaga plenamente... esa es la cruz que tú trajiste”.



23. Tuyo es el cielo

Santa Teresita, en un diálogo con Jesús, le dijo: “Cuando yo llegue al cielo vas a tener que hacer lo que yo quiera, pues yo hice aquí en la tierra lo que tu quisiste”.

No le gustó mucho esta oración a un cristiano, amigo de acomodar oraciones. Él hizo la siguiente: “Señor, tuyo es el cielo, haz allí lo que quieras. Aunque la tierra no es mía, déjame hacer lo que quiera yo”.



24. Hacer de fieras salvajes mansos corderos

San Juan Bosco tiene a los 9 años un sueño: Se le aparece Nuestro Señor junto con la Virgen María y le presenta un montón de fieras que luego se convierten en corderos. Luego le muestra una multitud de jóvenes, y le dice: “Este será tu oficio: cambiar jóvenes tan difíciles como fieras, en buenos cristianos tan dóciles como corderitos”.



25. Todas muy ocupadas

Santa María Mazzarello contó un día la siguiente parábola: “La muerte llegó a una casa de religiosas y le dijo a la portera: ‘¡Venga conmigo a la eternidad!’. Pero la portera le respondió: ‘Tengo mucho oficio en la portería y no me puedo alejar de aquí’.

Entonces pasó la muerte a la cocina, y le dijo a la hermana cocinera: ‘¡Venga conmigo a la eternidad!’. Pero la hermana cocinera le dijo: ‘Tengo tanto que cocinar. ¡No puedo acompañarla!’.

Y la muerte se fue donde la Superiora, y le dijo: ‘Ud. tiene que dar a las demás ejemplo de obediencia. ¡Venga conmigo a la eternidad!’. Y la superiora, para dar ejemplo, se fue a la eternidad con la muerte”.



26. Es así

Juan Milton quedó ciego y pobre. Al principio se desesperó, pero después se propuso hacer suyo el antiguo principio, que dice:

“Es así. Ya no puede ser de otra manera. Por lo tanto, hay que aceptarlo”.



27. Sólo por doce horas

Preguntaron a san Felipe Neri por qué, en medio de tantos peligros y habiendo tenido que sufrir tanto, estaba siempre contento y de buen humor, y él respondió:

“Es que yo no me cargo sobre mis hombros sino el peso del momento presente. La carga de los ayeres amargos la dejé en el cuarto del olvido para no volverla a recordar más. El peso de los futuros miedos lo dejé pacíficamente en las manos del buen Dios. Y solamente le pongo el hombro a estas doce horas de hoy. Y éstas sí soy capaz de llevarlas con paciencia y alegría y hasta con buen humor”.



28. Un remedio dulce para ladrones

San Medardo tenía unas colmenas que le producían muy buena miel, y las abejas eran muy mansas y muy buenas. Pero un día llegó un ratero a robarse la miel y las abejas lo persiguieron tan terriblemente que al otro no le quedó otro remedio que meterse a la casa del santo a pedirle que rezara por él. San Medardo echó una bendición a las abejas y estas se fueron obedientes, y él, vuelto hacia el ladrón, le dijo:

“Esto es señal de los castigos que te pueden llegar si sigues robando. Ahora son unas sencillas abejas, pero después los que te picarán serán tus remordimientos eternamente”.

Y el otro no volvió a robar.



29. Una mula que se arrodilló

Un descreído pide a san Antonio de Padua que le probara con un milagro que Jesús sí está en la Santa Hostia. El hombre aquel dejó a su mula tres días sin comer, y luego, cuando la trajo a la puerta del templo, le presentó un bulto de pasto fresco, y al otro lado a san Antonio con una Santa Hostia. La mula dejó el pasto y se fue ante la Santa Hostia, y se arrodilló.



30. Desear a Dios como al aire

Un discípulo fue donde su maestro, y le dijo:

–– “Maestro, quiero encontrar a Dios”.

Como hacía mucho calor, el maestro invitó al joven a acompañarlo a darse un baño en el río. El joven se zambulló, y el maestro hizo otro tanto. Después lo alcanzó y lo agarró, teniéndolo por la fuerza debajo del agua.

El joven se debatió por algunos instantes hasta que el maestro lo dejó volver a la superficie. Después le pregunta qué cosa había deseado más mientras estaba debajo del agua.

–– “El aire” –respondió el discípulo.

–– “¿Deseas a Dios de la misma manera?” –le pregunta el maestro–. “Si lo deseas así, lo encontrarás. Pero si no tienes esta sed ardiente, de nada te servirán tus esfuerzos y tus libros. No podrás encontrar la fe, si no la deseas como el aire para respirar”.




Fe

El que cree de verdad, predica sin predicar (Madre Teresa de Calcuta).

Somos creyentes pero nuestra conducta es la de los ateos (Vivekananda).

La fe que no actúa, ¿será fe? (Jean Baptiste Racine).

La fe es como una brújula en la tormenta y en la niebla (Cardenal J. Döpfner).

No necesitas transferir tu fe a la vida cotidiana. De tu vida cotidiana puedes deducir cómo es de grande tu fe (Franz Jalics).

Creer es ser capaz de soportar dudas (E. Galindo Aguilar).

Hijo mío, si caes enfermo, no te impacientes; ruega al Señor y él te sanará (Si 39, 9).

En la fe no hay espacio para la desesperación (Mahatma Gandhi).

La fe es la que nos dirige a través de océanos turbulentos (Mahatma Gandhi).

La fe es la decisión de vivir con la certeza de que lo que es, no lo es todo (Roger Garaudy).

Un ser humano que tiene fe ha de estar preparado, no sólo a ser un mártir, sino a ser un loco (Gilberto Keith Chesterton).

Aquel que tiene fe no está nunca solo (Thomas Carlyle).

¿Por qué arrancáis a los pobres la fe en Dios, si no tenéis otra cosa mejor que darles? (Carmen Silva).

Una creencia destruida deja en nuestro espíritu un gran vacío. No debemos abandonar una creencia sino en el caso que podamos sustituirla con otra que creemos más próxima a la verdad (Florentino Ameghino).

Quien no sabe creer, no debiera saber (Porchia).

Por María se revive la fe, se refuerza la esperanza del cielo, se difunde la caridad, se establece la vida cristiana (Santiago Alberione).

La fe hace posible lo que por razón natural no lo es (santa Teresa de Jesús).

La fe es algo indispensable en el ser humano. Desgraciado aquel que no cree en nada (Victor Hugo).

Existen tres medios de creer: la razón, la costumbre y la inspiración (Blaise Pascal).

Una fe no encarnada en las obligaciones cotidianas termina por hacerse abstracta o estéril (Juan Pablo II).

No hay persona sabia sin fe (Tertuliano).


ANECDOTAS DE SANTA TERESA



Cuenta una anécdota que yendo santa Teresa a hacer las escrituras de una de las fundaciones, preguntó al escribano, después de hechas, cuánto eran sus honorarios. Éste le contestó con desparpajo:

– Solamente un beso.

Y la santa se lo dio, natural y sonriente, al tiempo que exclamaba:

– Nunca una escritura me salió tan barata.

El pueblo ha visto en Santa Teresa de Jesús la santa del buen humor, de la gracia y del donaire. Estaba dotada verdaderamente de gracias naturales como la jovialidad, espontaneidad, cordialidad, afabilidad y sencillez. María de la Encarnación nos dice que “era muy discreta, y alegre con gran santidad, y enemiga de santidades tristes y encapotadas, sino que fuesen los espíritus alegres en el Señor, y por esta causa corregía a sus monjas si andaban tristes, y les decía que mientras les durase la alegría les duraría el espíritu”.

La vida de sacrificio y penitencia no la consideraba reñida con la alegría. Tanta importancia daba a la hora de la recreación como a la de la oración. Así ponía gran empeño en que las monjas participaran del momento de la recreación y pudieran compartir libremente. En cierta ocasión, estando en Medina del Campo, reprimió severamente a la hermana Alberta, que se quejaba: “¿Ahora nos llaman a cantar? Mejor fuera para contemplar”.

Gozaba de gran libertad para hablar de sí misma, de sus dolores y achaques. Bromeaba con la Inquisición, ponía apodos con gracia. Al pintor Fray Juan de la Miseria, que la retrató, le dijo: “Dios te perdone, Fray Juan, que ya que me pintaste podías haberme sacado menos fea y legañosa”.

Santa Teresa fue una mujer madura, capaz de maravillarse y asombrarse de las cosas de cada día. Ella nos dejó esta frase célebre: “También entre los pucheros anda Dios”, gozó con todo lo creado. De su fe en este Dios cercano, vivo en cada cosa y acontecimiento, le brotó esa alegría natural y contagiosa. A brazo partido luchó para que sus monasterios gozaran de este ambiente de libertad donde se respirase a un Dios alegre, capaz de llenar de felicidad cualquier corazón humano.

Un grupo de matrimonios americanos que regresaban a su patria acudió a visitar a la Madre Teresa. Al despedirse le pidieron un consejo para su vida de familia. “Sonrían a sus mujeres”, dijo a los hombres. “Sonrían a sus maridos”, dijo después a las mujeres. Extrañado alguno de ellos, preguntó a la religiosa: “¿Usted está casada?”. Y la Madre Teresa, sin perder la sonrisa, sorprendió a los presentes con esta respuesta: “Naturalmente que estoy casada. Y créame que no siempre me es fácil sonreír a mi marido. Porque Jesús es un esposo muy exigente”.

¿Si podemos enamorarnos de personas y de cosas, si nuestro corazón queda prendado de una puesta de sol o de un paisaje tropical, por qué no nos vamos a poder enamorar de Dios? Dichosos aquellos que se enamoran radicalmente de Dios, porque su vida será una fuente inagotable de paz, de alegría y de felicidad.

El amor a Dios es un mandato para todos los creyentes. No es especialidad o exclusividad de una cultura, época, edad o estado. Lo que importa es el amor, no la manera de expresar ese amor.

Se puede amar en el silencio de una noche y en medio del bullicio del día. No dejamos de amar a los nuestros cuando trabajamos o cuando estamos de brazos cruzados, cuando sonreímos o cuando lloramos. Lo que importa es amar.

Siempre que amamos a Dios lo debemos demostrar con la vida amando al hermano. Y al hermano también se le puede demostrar el amor de mil maneras. La mamá ama a su hijo cuando lo mece, cuando lo corrige, cuando le da de comer, cuando lo lleva al médico...

El cristianismo se puede vivir de varias formas. Lo importante no es el modo que se elige, la vocación o profesión. Lo importante es ser y vivir lo que se cree, pues cualquier trabajo se pude hacer a la perfección o rayando la mediocridad. Y si uno es mediocre, no es por la profesión o vocación que se ejerce, sino por la talla de la propia persona.

Podemos sonreír a todo y en todo. Un poco de alegría vale más que todo el oro del mundo. Son innumerables los beneficios que acarrea una simple sonrisa: ahuyenta la tristeza, la melancolía, la depresión... La sonrisa rejuvenece, sana las heridas del pasado, abre horizontes al futuro y pone alas en el alma. La sonrisa es la mejor medicina para el cuerpo y para el alma. La alegría más auténtica nace del corazón.

Consciente san Pablo de la importancia de la alegría, repetía machaconamente a los cristianos que siempre estuvieran alegres. No nos debe extrañar, pues, el consejo de la Madre Teresa a los matrimonios: “Sonrían”. Quizá debamos repetir con Neruda: “Quítame el pan, si quieres, quítame el aire, pero no me quites tu sonrisa porque moriría”.



Un monje, cuenta Tony de Mello, se encontró una piedra preciosa y se la regaló a un viajero. Éste después de algún tiempo volvió donde el monje, le devolvió la joya y le suplicó: “Ahora te ruego que me des algo de mucho más valor que esta joya, valiosa como es. Dame, por favor, lo que te permitió dármela a mí”.
En la oración encontramos luz y fuerza para descubrir los tesoros y para regalarlos. En la oración encontramos fuerza para gastar y entregar la vida.

San Juan de la Cruz afirma que “quien huye de la oración, huye de todo lo bueno” (Dichos de luz, 185 ).

Santa Teresa supo por experiencia los resultados de la oración. Sin ella no encontraba la vida, ni camino, ni paz ni alegría. Es puerta y camino para ir a Dios. “La oración es principio para alcanzar todas las virtudes y cosas (en la) que nos va la vida comenzarla todos los cristianos” ( C 16, 3 ). Y en otro lugar: “Para ir a Dios, creedme, y no os engañe nadie en mostraros otro camino sino el de la oración” ( C 21, 6 ).

La oración nos lleva a amar y respetar a la tierra y a los otros. “Simplemente, estoy convencido de que sólo la persona de oración puede evitar que estas realidades buenas lleguen a ser ídolos malos. Sólo ella puede orientarlos al respeto del ser humano y al respeto de la tierra. De ahí la utilidad social y hasta cósmica de lo que aparentemente es la inutilidad misma. La oración es una reserva de silencio donde rehacer las energías; el silencio es armonía y plenitud. El hombre de oración es como el árbol. Influye en el ambiente”(Barreau).


Un periodista pregunta a Ana María Matute, de la Real Academia Española:
-¿Qué es para usted vivir mucho?
Ella responde:
-Darte cuenta, tocar lo que vives en cada instante.
El buen fotógrafo capta lo instantáneo. La persona sabia es aquella que sabe vivir en cada instante. Así afirma Dostoyevski: “El hombre es desgraciado porque no sabe que es feliz. ¡Eso es todo! Si cualquiera llega a descubrirlo, será feliz de inmediato, en ese mismo minuto, en ese mismo instante”.
La vida te sonreirá , si se es capaz de descubrir esa sonrisa. Cada cosa tiene su belleza, tiene su alma. Para ello se necesita tiempo, y aprender a ver con los ojos del alma; entonces nacen deseos de disfrutar la vida. No se puede tomar la vida como una carrera, no es una competencia; La vida es un tesoro que hay que sorberlo en cada momento, que hay que compartido, es un soplo de eternidad que el Señor nos ha regalado. La vida es saber disfrutar y compartir el cariño inmenso que nos rodea, cuando estamos en familia, en el trabajo, en el campo, cuando sopla el viento y acaricia la lluvia. La vida es un eterno aprendizaje del amor.
“Alégrate de la vida porque te da la oportunidad de amar y trabajar y jugar y mirar a las estrellas” (Henry Van Dyke). Hay que vivir sin miedo a perder, pues “al que vive temiendo nunca le tendré por libre” (Horacio). Hay que vivir en el aquí y en el ahora, pues“algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora” (John Lennon).
“¿ Amas la vida ? Pues no malgastes el tiempo que es la tela de la vida”


Una joven novicia llamó a la Madre Teresa y, llena de gozo, le dijo:
“Madre, durante tres horas he estado tocando el Cuerpo de Cristo. Esta mañana
trajeron a un hombre cubierto de llagas, que lo habían sacado de entre unos
escombros. Nos llevó unas tres horas poder atenderlo. Es por lo que digo que
estuve en contacto con el Cuerpo de Cristo durante ese tiempo. ¡Estoy segura: era Él!
Es verdad: Vamos a Dios por el ser humano. Al encontrarnos con éste, encontramos a Cristo vivo.


“Voy de prisa porque la vida es corta y tengo muchas cosas que hacer. Cada uno trabaja a su manera y hace lo que puede”. Así se expresaba Voltaire preso por el frenesí que le llevaba a escribir tragedias en quince días. Así vive mucha gente o, mejor dicho, no vive porque quiere beber toda la vida de un solo trago.
La prisa, la velocidad son regalos de nuestra sociedad tecnificada. Así, la prisa se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de nuestra manera de pensar, de hablar y de vivir. Llevamos la rapidez en nuestras venas, como si la vida resultara demasiado corta, y quisiéramos apurarla en cada momento viviendo con ansiedad y preocupación. “La preocupación nunca roba su tristeza al mañana, sólo le resta fortaleza al hoy” (A. J. Cronin). Así no vivimos, quemamos etapas y somos fácil presa del infarto.


ABRIRSE A DIOS

Un sabio japonés, conocido por la sabiduría de sus doctrinas recibió la visita de un profesor universitario que había ido a verlo para preguntarle sobre su pensamiento.
El sabio sirvió el té: llenó la taza de su huésped y después continuó echando, con expresión serena y sonriente.
El profesor miró desbordarse el té, tan estupefacto, que no lograba explicarse una distracción tan contraria a las normas de la buena crianza; pero, a un cierto punto, no pudo contenerse mas:
”¡Está llena! ¡Ya no cabe más! .
“Como esta taza”,dijo el sabio imperturbable,”tú estás lleno de tu cultura, de tus opiniones y conjeturas eruditas y complejas: ¿cómo puedo hablarte de mi doctrina, que sólo es comprensible a los ánimos sencillos y abiertos, si antes no vacías la taza. (Cuento japonés)
"¡Está llena! ¡Ya no cabe más!".

ABRIRSE AL ESPIRITU

Un niño de color negro contemplaba extasiado al vendedor de globos en la feria. El hombre, en un determinado momento, soltó varios globos: rojo, azul, amarillo, blanco. Todos ellos remontaron el vuelo hacia el cielo hasta que desaparecieron.
El niño negro, sin embargo, no dejaba de mirar un globo negro que el vendedor no soltaba en ningún momento. Finalmente, le preguntó: “Señor, si soltara usted el globo negro, ¿subiría tan alto como los demás?”.
El vendedor sonrió comprensivamente al niño, soltó el cordel con que tenía sujeto el globo negro y, mientras éste se elevaba hacia lo alto, dijo: “No es el color lo que hace subir, hijo. Es lo que hay dentro”.
El Espíritu está dentro de nosotros y nos hace volar.
Nuestra oración está guiada por el Espíritu. No recibisteis un espíritu de esclavos…; antes bien, un Espíritu de hijos adoptivos que os hace gritar: ¡Abbá! ¡Padre! (Rm 8, 15). (Gal 6, 4). “

AMOR DE MADRE

Existe en la catedral de Exeter - capital del condado de Devon, antigua capital del reino de Wessex- las figuras de dos pequeños juglares tallados en la ménsula del capitel que corona una columna de la nave: son el pequeño violinista callejero y el acróbata que se sostiene, verticalmente, sobre su cabeza como base. Enfrente, en la otra parte de la nave, sobre la correspondiente columna, se destaca el relieve de la imagen de la Virgen Santísima con su divino Hijo en brazos. Se ve claramente la relación entre los dos relieves de las dos columnas de la parte norte de la nave: los dos juglares festejan evidentemente a Nuestra Madre y Señora.
Excusado es decir que tales figuras representan a lo vivo la leyenda del "juglar de la Virgen". Era éste un juglar y bailarín que se proponía alabar y servir a Dios con su oficio. Pero se veía despreciado de todo el mundo porque era un pobre infeliz y tan ignorante, que no sabía leer, ni siquiera rezar. Un día se fue a una iglesia y se dirigió al altar de la Virgen María. Se aligeró de sus vestidos y se puso a bailar.
-Señora - le dijo a María-, yo no sé cantar, ni leer bellas cosas para ti; pero sí puedo escoger lo mejor de mi repertorio para jugar y bailar en tu presencia. Ahora permíteme, Señora, que yo sea como el ternero que salta y brinca de gozo delante de su madre. Señora, pues eres dulce y amable para aceptar al que quiere servirte de verdad, sabe que, aunque sea yo tan pobre e infeliz como el que más, todos mis esfuerzos son exclusivamente para ti.
Y en seguida comenzó a saltar delante de ella, primero con saltos bajos y cortos; luego dando grandes brincos; ahora por debajo, ahora por encima del altar, haciéndole a la Virgen graciosos saludos y dando volteretas en el aire.
-Señora -le dijo-, tú eres todo mi gozo. Tú llenas de gozo a todo el mundo, iluminas todo el mundo y lo enciendes con tu amor.
Hasta que un día, agotado, murió a sus pies el pobre "juglar de la Virgen". La leyenda termina con estas palabras: "En buena hora bailó; en buena hora alabó y sirvió a la Virgen; en buena hora ganó así tal honor, que ningún otro se le puede comparar."
Sólo el amor hace cantar y danzar. Según afirma H.U. von Baltasar-, “sólo el amor es creíble”.


El creyente a Dios:

– No te acuerdes, Señor, de mis pecados.

Dios al creyente:

– ¿Qué pecados? Como tú no me los recuerdes, yo los he olvidado para siempre (Anthony de Mello).

Dios, como Padre, tiene muy mala memoria para recordar pecados de sus hijos; no lleva cuentas del mal, disculpa siempre y “olvida siempre”. Como buen Padre, quiere que aprendamos a amar de tal forma que seamos capaces de perdonar.

Jesús nos habla del perdón de Dios, de las entrañas amorosas del Padre en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32).

El Padre ama al Hijo y le deja en libertad para que siga sus sueños, para que sea él mismo, para que se pueda equivocar, con el riesgo de perder su compañía y la alegría de vivir en su casa.

SACERDOTE

Cuando mi mujer murió, cuenta un misionero seglar, mi único estímulo
era ocuparme en la educación de mis hijos y hacer el bien. Por mi
imaginación desfilaron toda una serie de sacerdotes santos. Entonces pensé en ser sacerdote.
Una noche, como de costumbre, el mayor de mis hijos se acercó a pedirme
la bendición antes de acostarse.
– ¿Qué te pasa?
Se sentó junto a mí. Callaba.
– Quiero..., rompió al fin en voz baja, quiero ser sacerdote.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
– Hijo mío, le respondí abrazándole, lo seremos los dos.
Pocos años después, el día de Pascua, los dos elevábamos juntos la
Hostia consagrada.
Como la semilla produce fruto abundante en el buen terreno, así también las
vocaciones surgen y maduran en la comunidad cristiana. Pero es en la familia
donde nacen los primeros brotes de la vocación. El ejemplo de los padres es
imprescindible para cualquier llamada.
Ya en los comienzos de toda vocación surgen las primeras dificultades:
“Yo no sirvo para...”. Pero el Señor responde como a Jeremías y a tantos
otros:
“No digas: soy un muchacho, pues a donde te envíe irás; y lo que te mande,
lo dirás. No tengas miedo que yo estoy contigo” (Jr 1,7-8).


Cuenta la leyenda que cuando Buda llegó al cielo, le abrieron las puertas y fue invitado inmediatamente a entrar. Pero él reflexionó, aún fuera, y dijo: “¿Cómo puedo entrar cuando tantos quedan fuera todavía? Mí deber es ayudarles a que encuentren el camino y lleguen a la puerta. Después de que todos entren, entraré yo”.
La inquietud de evangelizar, de salvar, de dedicar la vida a los otros, nace cuando uno se encuentra con el Dios vivo.
Pablo de Tarso testimonia: “Iba yo hacia Damasco, cuando de repente, a eso del mediodía, una gran luz que bajada del cielo me envolvió con su resplandor” (Hch 22,6).
Dios entró en la vida de Pablo sin pedirle permiso; y a este hombre que había obtenido licencia para perseguir y matar a los cristianos, se le encomienda la tarea de anunciar el mensaje de amor evangélico a todos los pueblos. Y Pablo, misionero extraordinario y cargado de entusiasmo, extiende el nombre de Jesús en todas las direcciones.


El Camino de Santiago es uno de los más famosos del mundo. En el libro Orar por el Camino de Santiago, editado por Monte Carmelo, se ofrecen unos testimonios de muy diversos peregrinos a Compostela. De él tomo los siguientes:
Konrad (Alemania, 36 años)
Uno de los cambios que más me ha costado en el Camino ha sido el de mis
motivaciones y el de mi jerarquía de valores. Yo me he puesto en camino en
busca de una tercera dimensión que intuía, pero no encontraba. Y he encontrado, de hecho, un mayor calado, un eco más profundo para cada uno de mis juicios o valoraciones. Por otro lado, aquello por lo que uno paga en la vida diaria, aquí ni lo echas en falta, o lo tienes gratis. Y al revés, lo que en ella no valoras, aquí te ensancha el corazón. A mí me emocionan, sin más, la acogida de la gente sencilla, o el claxon que hacen sonar los camioneros saludándome al pasar.


Thomas (Brasil, 24 años)
Hace tiempo que descubrí que la vida tiene muchas puertas que abrir y por
las que entrar. Personalmente, no puedo quejarme de que no se me hayan
abierto muchas, ni de que, incluso, me haya sentido gratificado con lo que
encontré dentro de alguna. Sin embargo, sigo en busca de otra puerta.
Soy consciente de no haber hallado aún un norte incuestionable para mi
vida. El Camino me está llevando, además, a pensar que lo importante no es ser
felices, sino mejores, y que la felicidad es su más lógica consecuencia.


Don Thomas Schmit (Alemania, monje trapense)Acabo de ser reelegido por segunda vez abad de mi pobre abadía y he querido interrumpir mis rezos corales con mis monjes, hechos, como todo el mundo sabe, de palabra y de canto, para orar unos días con los pies.




Un líder indígena le espetó a Juan Pablo II en su visita a Brasil:
“Santidad, tenemos hambre”. Juan Pablo II respondió con gran sensibilidad
pastoral y humana: “Tu pueblo, Señor, tiene hambre de pan y de Dios”.
No estamos a gusto con la realidad de nuestro mundo. El hambre crece
alarmantemente y una mayoría de la población no se alimenta adecuadamente.
Éste es uno de tantos pecados que azotan nuestra sociedad, que sufre de
injusticia, esclavitud, violencia, vacío de Dios y carece de valores humanos.
Tenemos un mundo industrializado sin alma; no tiene en cuenta a los más
desposeídos. A esta gran máquina del mundo le falta el aceite de la bondad.
La enfermedad que padece el mundo, decía M. Teresa, la enfermedad principal
del ser humano no es la pobreza o la guerra, es la falta de amor, la esclerosis del corazón. El corazón es la zona más deprimida de las personas.
Hemos logrado llegar a la luna, hemos explorado las profundidades del mar y
las entrañas de la tierra, pero no hemos logrado resolver los problemas de
primera necesidad.
No basta con quitar penas y hambre; es necesario impregnar nuestro mundo de
amor.



“Durante la época del monzón, en Kerala, el estado del sur de la India de donde yo procedo, los campos de arroz se extienden como una interminable alfombra esmeralda hacia el horizonte. Es una época de crecimiento y alegría para todas las criaturas. Cuando era niño solía caminar junto a mi guía espiritual, la madre de mi madre, a través de aquellos campos de arroz hasta el templo de nuestros antepasados.
Mientras caminábamos, a menudo veíamos junto al sendero la piel abandonada de una serpiente, formando una especie de lazo. Un día pregunté a mi abuela: “¿Por qué las serpientes se desprenden de su piel?” Su respuesta estuvo llena de sabiduría. Ahora me doy cuenta de que se refirió a muchas cosas más que a las serpientes. “Si las serpientes no se despojaran de su piel” –contestó– “no crecerían. Se ahogarían dentro de su viejo revestimiento.”
Recuerdo sus palabras muchas veces. Actualmente, también nosotros necesitamos crecer.


“Buda, tal y como se nos cuenta, decía que un hombre herido por una flecha tenía que, sobre todo y lo más rápidamente posible, curarse. El error sería preguntarse primero de dónde viene la flecha, quién la ha lanzado, de qué madera ha sido tallada, etc.
Rumi, el poeta persa, ha retomado casi palabra por palabra dicha parábola
Un guerrero fue herido por una flecha en una batalla. Quisieron arrancarle la flecha y curarlo, pero él exigió saber primero quién era el arquero, a qué clase de hombre pertenecía y dónde se había colocado para disparar. También quiso saber la forma exacta del arco de éste y qué clase de cuerda utilizaba. Mientras se esforzaba por conocer todos estos datos, falleció (Jean-Claude Carrière).
Si María hubiera hecho tanas preguntas al ángel como el guerrero herido, probablemente no hubiera nacido Jesús.


Durante la beatificación del hermano Hilario, de La Salle-inmolado en Tarragona durante la Guerra Civil-, el Papa citó las palabras del nuevo beato, quien decía:
“Mi madre era una santa. La recuerdo sirviendo siempre a mi padre, a sus hijos, a familiares y a los pobres. Durante su vida mi madre esparció dulzura y amor. El recuerdo de mi madre me anima, me sostiene, me sigue y jamás se borrará de mí.”
Boussuet decía: “Los grandes hombres se han formado gracias a las manos de sus madres.”
En el evangelio de san Juan tiene nos encontramos dos relatos importantes sobre la Virgen: Caná y al pie de la Cruz.
En María comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:
María fue preparada para ser la Madre de Dios y Madre nuestra. El Espíritu Santo preparó a María con su gracia, libre de pecado .


“No más que el cielo puede ser espejo tuyo. ¡Oh sol!-suspiró la gotita de rocío.
“Yo siempre estoy soñando contigo. ¿pero qué puedo esperar? Soy tan pequeña para tenerte en mí –Y se echó a llorar desconsolada.
“Le contestó el sol: Yo lleno el cielo infinito; pero también puedo estar en ti, gotita de rocío. Yo me haré chispa para llenarte y tu vida pequeñita se hará un mundo de luz”. (Tagore)
María era como una pequeña gota de rocío que, por recibir a Dios, se hizo luz para el mundo. María creyó en el Dios del amor, de él se fió y a él le cantó todas las maravillas que hizo en ella y en su pueblo.
La Virgen se llamaba María. Así la pusieron sus padres. Era un nombre muy corriente, pero que tenía un gran significado: “La llena de gracia”. María, la criatura más cercana a la Trinidad, estuvo llena de Dios. Dios estaba en María y María vivía en Dios y de Dios.


ORAR SIEMPRE, EN TODO MOMENTO

Cuando Kennedy visitó Colombia, se dio cuenta de que en el programa no estaba la Misa , y llamando al Presidente Lleras Camargo, le dijo:
– “Doctor, veo que aquí falta una cosa: la Santa Misa ”.
– “Ah, excelencia –repuso Lleras–, hay tantos compromisos que no se le encontró tiempo para ella”.
– “No, no, de ninguna manera –respondió Kennedy–. Que se quiten otros compromisos y se ponga la misa, porque yo soy católico y estamos en Domingo, y, por tanto, es mi deber asistir a dicho acto religioso”.
Hay tiempo para lo que se estima.
El tiempo es oro. “Vale más que el oro, porque con él podemos ganar o perder a Dios” (san Enrique de Ossó).
Dios nos llama continua e insistentemente a que le abramos la puerta cerrada de nuestro corazón. “Yo estoy a la puerta llamando. Si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos” (Ap 3, 20). El mismo Jesús nos ha pedido que oremos con constancia, sin desanimarnos (Lc 11, 5 ss). Esto mismo lo aconseja Pablo: “Oren incesantemente” (1Tes 5, 17). La iglesia oriental para cumplir con este consejo, propone un método de oración sencillo. Al mismo tiempo que la respiración va serenando el corazón, a cada respiración se repite: “Señor Jesús, ten piedad de mí”. Debido a la repetición de estas palabras, el método se llama también “la oración del nombre de Jesús”. El corazón late al ritmo de cada palabra y es Jesús el que va serenando, amansando, y curando el corazón. Al pronunciar el nombre de Jesús, todo mal huye y recobra la calma el ser humano.
“Es necesario orar siempre” (Lc18, 1). Este es un mandato que nos dejó Jesús. Siempre tenemos que sacar tiempo para orar. Aunque trabajar, cantar, reír y llorar es orar, debemos sacar tiempos fuertes para orar. A partir de esos momentos, armonizaremos nuestra vida con la de Dios y podremos encontrar a Dios en cualquier actividad. Hay que tomar tiempo para orar, ya que “cuando hayamos aprendido a rezar, habremos encontrado el secreto de bien vivir” (San Agustín). Quien ha experimentado la importancia de la oración en su vida, saca tiempo para orar en todo momento, siempre.
Pablo nos invita a orar, a cantar, a hacer todo en nombre de Dios, orar en toda ocasión. “Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” ( Ef 5, 19 ).
El israelita oraba tres veces al día. Esto mismo dice el salmo 55: “Yo invoco a mi Dios, y Yahvé me salva. A la tarde, a la mañana, al mediodía me quejo y gimo: Él oye mi clamor”. Aunque dedicamos momentos concretos para orar, todo el día tiene que ser oración, y sobre todo orar en los momentos importantes.
Debemos orar en todo momento sabiendo que Dios es nuestro Padre. “A un hombre que iba de viaje y llevaba a su hijo delante de sí, unos ladrones le salieron al encuentro con intención de robárselo, y entonces el padre lo tomó y lo puso detrás de sí. Vino por detrás un oso y quiso arrebatárselo, y entonces el padre lo volvió a poner delante de sí. Vinieron por un lado los ladrones y el oso por el otro, y el padre lo cogió y lo puso sobre sus hombros. Pero el hijo comenzó a sentirse molestado por el sol y entonces su padre lo cubrió con su propia ropa. El hijo tuvo hambre, y él lo alimentó; tuvo sed, y le dio de beber”. (Un rabino, del tiempo de Jesús).
Tenemos que recordar que la oración es un fenómeno humano universal. Todos los pueblos oran a su Dios. Lo típico de la oración cristiana es que ora a un Dios al que le considera Padre. Esto lo expresa el creyente no sólo con palabras sino con gestos, en el silencio, con todo su ser. En esta relación interpersonal el orante toma conciencia de que al mismo tiempo que existe él, existe el Otro, el Absoluto. Pero esta comunicación es, más que un acto de la razón, un acto del corazón que brota de la vida teologal que lleva a saberse hijo de Dios y a tratar de transformarse para unirse totalmente a él.
Jesús nos revela a Dios como padre. Cuando oren, les dijo a los discípulos, digan: Padre (Lc 11, 1). San Juan decía emocionado al grupo de cristianos de su comunidad: “¡Mirad qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios; y además lo somos”! (1 Jn 3, 1 ). Pues bien, el mismo regalo que nos ha hecho de “hijos” nos ha hecho también de ser “hermanos”. La fraternidad no es nunca conquista nuestra, sino don que se convertirá en tarea a lo largo de la vida.
Dios Padre quiere que, sus hijos, vivamos como hermanos. “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos” (Luther King). Seremos verdaderamente hermanos cuando logremos borrar del diccionario y de los corazones las palabras: hambre, segregación racial, guerra, odio cuando reine solamente el amor.


Un guerrero indio se encontró un huevo de águila, el cual recogió del suelo y colocó más tarde en el nido de una gallina. El resultado fue que el aguilucho se crió junto a los polluelos.

Así, creyéndose ella misma gallina, el águila se pasó la vida actuando como éstas. Rascaba la tierra en busca de semillas e insectos con los cuales alimentarse. Cacareaba y cloqueaba. Al volar, batía levemente las alas y agitaba escasamente su plumaje, de modo que apenas se elevaba un metro sobre el suelo. No le parecía anormal; así era como volaban las demás gallinas.

Un día vio que un ave majestuosa planeaba por el cielo despejado.

Volaba sin casi batir sus resplandecientes alas dejándose llevar gallardamente por las corrientes de aire.

-¡Qué hermosa ave! -le dijo a la gallina que se hallaba a su lado. ¿Cuál es su nombre?

-Aguila, la reina de las aves - le contesto ésta. Pero no te hagas ilusiones: nunca serás como ella.

El águila vieja dejó, en efecto, de prestarle atención.

Murió creyendo que era gallina.



La muerte no arregla nada
Autor:


Cierto día, estando Benjamín Franklin en Francia, se encontró en un café con un individuo que olía
mal y le dijo:
–– “¿Puede usted retirarse un poco?”.
–– “¿Por qué?”.
–– “Porque huele muy mal”.
–– “¡Esto es un insulto grave! Me debe una satisfacción y lo reto a muerte. Nos veremos mañana
detrás de Notre Dame”.
–– “No es necesario y no acepto el duelo –dijo Franklin–. Es muy sencillo: Si me mata usted,
continuará oliendo mal; y si le mato yo, olerá peor”.

Como encontrar a Dios
Autor:


Un discípulo fue donde su maestro y le dijo: “Maestro, quiero encontrar a Dios”. El maestro, sonríe. Y como hacía mucho calor, invitó al joven a acompañarlo a darse un baño en el río. El joven se zambulló, y el maestro hizo otro tanto. Después lo alcanzó y lo agarró, teniéndolo por la fuerza debajo del agua.

El joven se debatió por algunos instantes hasta que el maestro lo dejó volver a la superficie. Después le pregunta qué cosa había deseado más mientras estaba debajo del agua.

“El aire”, respondió el discípulo.

“¿Deseas a Dios de la misma manera?”, le pregunta el maestro. “Si lo deseas así, lo encontrarás. Pero si no tienes esta sed ardiente, de nada te servirán tus esfuerzos y tus libros. No podrás encontrar la fe, si no la deseas como el aire para respirar”.



Con Dios todo funciona
Autor:


La periodista Dorothy Thompson estaba entrevistando a un sobreviviente de un campo de concentración
nazi y le preguntó si alguien había conservado su calidad humana en el campo de concentración.
Él respondió inmediatamente: “No, absolutamente nadie”. Pero, sorprendido, recordó: “No es cierto,
había un grupo de personas que sí conservaron su calidad humana. Eran personas religiosas”.
En un resumen, Dorothy Thompson escribió: “Estoy empezando a pensar que, cuando Dios funciona, todo
funciona”.


Con la luz se ve mas
Autor:


Una mujer estaba buscando afanosamente algo alrededor de un farol. Entonces un transeúnte pasó junto a ella y se detuvo a contemplarla . No pudo por menos que preguntar:
-Buena mujer, ¿qué se te ha perdido?, ¿qué buscas?
Sin poder dejar de gemir, la mujer , con la voz entrecortada por los sollozos, pudo responder a duras penas:
-Busco una aguja que he perdido en mi casa, pero como allí no hay luz, he venido a buscarla junto a este farol.


Con tres recursos
Autor:


Una pobre mujer fue abandonada por su marido, quien la dejó sin aparentes medios de vida.
Cuando se llevó el caso a los tribunales, el juez preguntó a la mujer:
–– “¿Señora, cuenta usted con algunos recursos?”.
–– “Pues verá usted, señor Juez. En realidad cuento con tres”.
–– “¡Tres!”.
–– “Sí, señor”.
–– “¿Cuáles son?” –preguntó el sorprendido Juez.
–– “Mis manos, mi salud, y mi Dios, señor Juez”.



LA SANTA MISA
Cinco razones para no bañarse
Autor:


Un párroco norteamericano, cansado de las excusas que sus parroquianos le daban por no asistir a misa, publicó en la hoja parroquial algunas razones para justificar “no bañarse:

1. No me baño porque me obligaron a hacerlo de niño.

2. Tuve la costumbre de bañarme, pero hace tiempo la interrumpí.

3. Ninguno de mis amigos se baña.

4. Yo no puedo malgastar mi tiempo en bañarme.

5. Volveré a bañarme de nuevo cuando esté más viejo o más sucio....

CONFIANZA EN DIOS

Cuenta san Pedro Damiano que había un hombre que quiso realizar, junto a su mujer, una
peregrinación a un santuario ubicado en la orilla de un lago.
Durante la travesía, en el bote, el peregrino perdió la moneda que le servía para el viaje. La mujer
empezó a refunfuñar, pero el marido le decía que confiara en Dios.
Llegada la hora de comer, pidieron a la gente que les ofrecieran un pescado.
Y un pescador obsequió a la mujer un lindo pescado para que lo cocinara y comieran. Y he aquí que,
mientras la mujer alistaba el pescado, al abrirlo, encontró en el mismo, no solamente la moneda
perdida por el marido, sino también una hermosa perla de gran valor.


Cuando Dios llamó a mi puerta
Autor: Padre José Alcázar Godoy
Sitio Web del Padre


Cuando yo era niño, llamó Dios a la puerta de mi corazón. En aquella temprana etapa vivía tan absorto en los juegos de la infancia que no presté atención a sus palabras lejanas.

Años después volvió Dios a visitarme. Esta vez golpeó con la fuerza de sus nudillos la puerta de mi corazón. Aún recuerdo su voz, pero me asediaban los problemas de la juventud: mi primer amor, los estudios y el ejercicio de diversas cualidades destacables. También en la madurez vino Dios, pero me resultaba imposible escuchar; no encontraba el momento oportuno para responder a su llamada.

Poco antes de morir, estando sumido en las preocupaciones sobre la inminencia del más allá, abrí la rendija de mi puerta para buscar respuestas ante tanta incertidumbre. Me quedé estupefacto: un hombre de cabellos blancos como la nieve y ojos refulgentes permanecía sentado junto a mi endeble corazón. Me acerqué a él y le pregunté qué deseaba.

Yo soy Dios”, me dijo. “Llevo aquí sentado durante toda tu vida para traerte un mensaje de felicidad”. Entonces, mis manos acogieron una misión maravillosa que pude disfrutar sólo unos momentos antes de morir.


Confiad en Mí
Autor:


Cuando llegó el entrenador al equipo de “Green Bay”, se encontró con un grupo derrotado y
desalentado. Se puso frente a ellos, los miró silenciosamente por un rato y tranquila, pero
enfáticamente, les dijo: “Vamos a tener un gran equipo de fútbol. Vamos a ganar partidos. Escuchad:
Vamos a aprender a correr, a atajar al adversario. Vamos a jugar mejor que los equipos contrarios.
Confiad en mí y en mi sistema”.



Dios esta presente
Autor:


Un día, el Rabí Mendel de Kotzk, recibiendo a algunos sabios personajes, sorprendió a sus visitantes
preguntando de repente: “¿Dónde habita Dios?”. Se burlaron de él: “Qué te pasa? ¿No está lleno el
mundo de su magnificencia?”. El Rabí respondió: “Dios está donde le dejan entrar”.


Dos clases de oraciones
Autor: Juan Bunyan




Dos hombres vienen mendigando a vuestra puerta. Uno de ellos es pobre, lisiado; está herido y casi muerto de hambre; el otro es una criatura sana, rebosante de salud y lozanía. Los dos usan las mismas palabras al pedir limosna. Sí, los dos dicen que están medio muertos de hambre; pero, indudablemente, el pobre y lisiado es el que habla con más sentido, experiencia y entendimiento de las miserias que menciona al pedir. Se descubre en él una expresión más viva cuando se lamenta de lo que le ocurre. Su dolor y su pobreza le hacen hablar en un espíritu de mayor lamentación que el otro, por lo cual será socorrido antes por cualquiera que tenga un ápice de afecto o compasión natural.

Así ocurre exactamente con Dios. Algunos oran por costumbre y etiqueta; otros en la amargura de sus espíritus. El uno ora por mera noción, puro conocimiento intelectual; al otro las palabras le salen dictadas por la angustia del alma. Sin duda que Dios mirará a éstos, a los de espíritu humilde y contrito, a los que tiemblan a su Palabra (Isaías 66:2).

Dos pájaros diferentes
Autor:



Según la revista «Quote», los buitres y los chupamirtos vuelan sobre el desierto. La única cosa que los buitres «ven» es carne podrida porque es lo que andan buscando. A los buitres le encanta este tipo de dieta. Pero los chupamirtos ignoran el olor de carne muerta. En vez de esto, ellos buscan las flores llenas de color de las plantas del desierto. Los buitres viven de la vida que era. Ellos viven del pasado, se llenan con lo muerto y con cosas que ya pasaron. Pero los chupamirtos viven de cosas del presente. Ellos buscan nueva vida. Se llenan de cosas frescas y cosas que tienen vida. Cada pájaro encuentra lo que anda buscando. Así es también con nosotros los cristianos.


El autobus
Autor:


Una mañana gris en una ciudad norteña. El autobús lleno de trabajadores y estudiantes. Los pasajeros están sentados, uno al lado del otro, enfundados en sus abrigos invernales, adormilados por el sonsonete del motor y el calor de la calefacción. Ninguno habla. Se ven a diario, pero prefieren esconderse detrás de los periódicos.

Una voz exclama de improviso:

-¡Atención, atención! Se oye ruido de periódicos y las cabezas asoman.

-Os habla el conductor. Silencio. Todos miran la cabeza del conductor. Su voz es autoritaria.

-Guardad todo el mundo los periódicos.. Los periódicos se bajan unos centímetros más.

- Ahora girad la cabeza y mirad a la persona que esta sentada a vuestro lado. Sorprendentemente obedece todo el mundo. Alguno sonríe.

- Ahora repetid conmigo, continua el conductor, ¡Buenos días, vecino de al lado!

Las voces son tímidas, in poco turbadas, pero después la barrera cae. Muchos se dan la mano. Los estudiantes se abrazan. El autobús está repleto de conversaciones.


El demonio descansa
Autor:


El gran escritor inglés, Chesterton, escribió un libro en el que un padre “hace de detective”. En
uno de los pasajes de la novela, el sacerdote, en conversación con un delegado de policía, comenta
que la inmoralidad reinante está jubilando al demonio.
“Antiguamente, según los principios del cristianismo, se necesitaban doscientos demonios para hacer
pecar a un cristiano; hoy, basta un demonio para doscientos cristianos…Y aún así, ese diablo, tiene
tiempo para fumar su pipa”.


El espantapájaros
Autor:

En un lejano pueblo vivía un labrador muy avaro y era tanta su avaricia que cuando un pájaro comía un grano de trigo encontrado en el suelo, se ponía furioso y pasaba los días vigilando que nadie tocara su huerto.

Un día tuvo una idea:
- Ya sé, construiré un espantapájaros, de este modo, alejaré a los animales de mi huerto.

Cogió tres cañas y con ellas hizo los brazos y las piernas, luego con paja dio forma al cuerpo, una calabaza le sirvió de cabeza, dos granos de maíz de ojos, por nariz puso una zanahoria y la boca fue una hilera de granos de trigo.

Una vez el espantapájaros estuvo terminado, le colocó unas ropas rotas y feas y de un golpe seco lo hincó en la tierra. Pero se percató de que le faltaba un corazón y cogió el mejor fruto del peral, lo metió entre la paja y se fue a su casa.
Allí quedó el espantapájaros moviéndose al ritmo del viento. Más tarde un gorrión voló despacio sobre el huerto buscando donde poder encontrar trigo. El espantapájaros, al verle, quiso ahuyentarle dando gritos, pero el pájaro se posó en un árbol y dijo:
- Déjame coger trigo para mis hijos.
- No puedo -contestó el espantapájaros, pero tanto le dolía ver al pobre gorrión pidiendo comida que le dijo:
- Puedes coger mis dientes que son granos de trigo.

El gorrión los cogió y de alegría besó su frente de calabaza. El espantapájaros quedó sin boca pero muy satisfecho por su acción.

Una mañana un conejo entró en el huerto. Cuando se dirigía hacia las zanahorias, el muñeco le vio y quiso darle miedo, pero el conejo le miró y le dijo:
- Quiero una zanahoria, tengo hambre.
Tanto le dolía al espantapájaros ver un conejo hambriento que le ofreció su nariz de zanahoria.
Una vez el conejo se hubo marchado, quiso cantar de alegría; pero no tenía boca, ni nariz para oler el perfume de las flores del campo, sin embargo, estaba contento.
Un día apareció un gallo cantando junto a él.
- Voy a decir a mi mujer, la gallina, que no ponga más huevos para el dueño de esta huerta, es un avaro que casi no nos da comida -dijo el gallo.
- Esto no está bien, yo te daré comida, pero tú no digas nada a tu mujer.
Coge mis ojos que son granos de maíz.
- Bien -contestó el gallo-, y se fue agradecido.
Poco más tarde alguien se acercó a él y dijo:
- Espantapájaros, el labrador me ha echado de su casa y tengo frío, ¿puedes ayudarme?
- ¿Quien eres? -preguntó el espantapájaros que no podía verle, pues ya no tenía ojos.
- Soy un vagabundo.
- Coge mi vestido, es lo único que puedo ofrecerte.
- ¡Oh, gracias, espantapájaros!

Más tarde notó que alguien lloraba junto a él. Era un niño que buscaba comida para su madre y el dueño de la huerta no quiso darle.
- Pobre -dijo el espantapájaros-, te doy mi cabeza que es una hermosa calabaza...

Cuando el labrador fue al huerto y vio al espantapájaros en aquel estado, se enfadó mucho y le prendió fuego. Sus amigos, al ver cómo ardía, se acercaron y amenazaron al labrador, pero en aquel momento cayó al suelo algo que pertenecía a aquél monigote: su corazón de pera. Entonces el hombre riéndose, se lo comió diciendo:
- ¿Decís que todo os lo ha dado? Pues esto me lo como yo.
Pero sólo al morderla notó un cambio en él y les dijo:
- Desde ahora os acogeré siempre.
Mientras, el espantapájaros se había convertido en cenizas y el humo llegaba hasta el sol transformándose en el más brillante de sus rayos.


El ciego
Autor: Padre José Alcázar Godoy
Sitio Web del Padre


Yumblat, el ciego, nació del seno de su madre con los ojos cerrados. Su madre, que lo amaba, temerosa por el futuro del niño, le enseñó a mirar con sus propios ojos. Ella veía por él, rezaba por él y deseaba por él.

Yumblat se encontraba muy a gusto, pese a ver también con los ojos de su padre; pensaba como su padre, hablaba como su padre y actuaba como su padre.

El niño crecía sin los sobresaltos de la vida, satisfecho con la protección heredada de sus mayores, una existencia segura, sin los peligros de las novedades.

En la escuela, donde los jóvenes debían ser instruidos para pensar por sí mismos, Yumblat aprendió las enseñanzas de sus maestros, quienes, compadecidos del estudiante ciego, le transmitieron la seguridad de su ciencia. Así pudo interpretar los secretos del universo con la sabiduría de su docentes.
Yumblat se graduó con calificaciones brillantes. Y, lleno de entusiasmo, salió del seno que lo había protegido para enfrentarse solo y por vez primera con la realidad.

Entonces fue cuando descubrió que estaba completamente ciego. “¡Esto es injusto -gritaba-, después de tantos cuidados no tengo capacidad para ser yo mismo!”.

Yumblat permaneció incapacitado para conocer el curso de la vida el resto de sus días, porque nadie tuvo la sabiduría de enseñarle a ver con sus propios ojos.


El Dios de Anna
Autor:


– ¿Tú crees en Dios?
– Sí.
– ¿Y sabes quién es Dios?
– Sí.
– Bueno, ¿quién es Dios?
– ¡Es Dios!
– ¿Vas a la iglesia?
– No.
– ¿Por qué no?
– ¡Porque ya sé todo lo que hay que saber!
– ¿Qué es lo que sabes?
– Sé amar al Señor Dios y a la gente, a los gatos y a los perros, a las arañas, a las flores y a los
árboles... –la enumeración seguía y seguía– con todo mi corazón.
Así respondía Anna al párroco del barrio cuando le preguntaba por Dios.



El obispo apasionado
Autor: Padre José Alcázar Godoy
Sitio Web del Padre


En mi antigua ciudad gobernaba celoso las almas un obispo apasionado. Su impetuoso carácter le impulsaba a levantarse antes del amanecer y a desarrollar una impagable actividad: oraba siempre con intensidad; leía la prensa mientras desayunaba, porque para ayudar a su grey debía conocer detalladamente las vicisitudes de los ciudadanos; el trabajo era veloz, apretado, con pasión, se comía los informes, devoraba los casos, se imbuía en los problemas; y todo para hacer el bien, el máximo bien en el menor tiempo posible al mayor número de almas. Era su manera de vivir la entrega, algo que nadie jamás le reprochó.

Pero un día bajó el ángel de Dios al aposento del señor obispo mientras dormía, se acercó a su cama, posó suavemente el dedo índice sobre los cerrados ojos del prelado y regresó al Cielo con una sombra de tristeza en el rostro.

Al amanecer sonó como todos los días el despertador del obispo, pues era preciso madrugar mucho para trabajar más. Se incorporó de un salto, elevó el pensamiento al Señor e inmediatamente centró su mente en la nueva jornada. Sin embargo, algo raro sucedía en sus ojos: todo estaba muy oscuro. No veía nada; densas penumbras nublaban su mirada. "¡Qué ocurrencia -pensaba-, sucederme esto a mí! ¡Con todo lo que tengo que hacer!".

Inútilmente lavó sus ojos con agua tibia, derramó colirios y consultó a los médicos. Finalmente hubo un diagnóstico definitivo: ceguera absoluta e irreversible. El señor obispo rompió a llorar envuelto en su silencio. ¡Qué sería de su propia grey! No podría atender con tanta solicitud a sus feligreses ni dar luz a los corazones adormecidos por las tinieblas del pecado! Y lloraba desconsoladamente...

Pero Dios, compadecido de sus lágrimas, envió nuevamente al ángel para restituir la verdadera luz al corazón del señor obispo, ciego durante tantos años por su propia pasión. El ángel bajó a su morada y posó el dedo índice sobre el corazón del prelado, volviendo sonriente al Cielo.

Cuando sonó esta vez el despertador, más tarde de lo habitual, el obispo se levantó pausadamente, dio gracias a Dios por el nuevo día y comenzó a ver con una luz nueva tantas cosas que antes pasaban velozmente delante de su mirada. Pero "¡qué sorpresa!", exclamó. "¡Veo! ¡Ahora veo! ¡He recobrado la visión!". Y lo que antes fueran lágrimas tornáronse en profundo agradecimiento.

Cuentan los feligreses que después de recuperar la vista, el señor obispo era muy distinto: se levantaba sereno cada mañana y, tras agradecer el nuevo día, abría la ventana de su habitación para contemplar con la luz del corazón aquella grey a él confiada. Concluidas sus oraciones desayunaba tranquilo, y en el trabajo de pastor seguía los consejos de sus auxiliares. Todo el día era una continuidad serena de la oración, hasta tal extremo que sus feligreses notaban una mayor eficacia en sus almas después de la ceguera del prelado.

Cuando al final de su copioso gobierno volvió el ángel para recogerlo, el obispo agradeció verdaderamente haber aprendido a vivir la vida con la luz del corazón.